En defensa del enojo (si es que lo necesita) (S15)

Si hay una emoción con la que me parece que he estado en contacto de una manera muy singular e inédita últimamente, esa ha sido el enojo. Ahora que comienzo a escribir pienso en que quizá este inicio evoque la idea un tanto caricaturesca y creo que hasta recurrente en la cultura popular del viejo gruñón, esa persona que se la pasa refunfuñando todo el día y por cualquier pretexto, con el gesto siempre endurecido.

Por fortuna, ese no es mi caso. O no totalmente. Sí hay días, lo acepto, en que muchas circunstancias me enojan, desde naderías triviales hasta otras de mayor calado y cuya molestia podría ser incontestable desde cualquier perspectiva.

Sin embargo, esto no es lo importante o sobre lo cual quisiera escribir ahora. Para este momento, mi experiencia sobre mi propio enojo (y sus formas de manifestarse) me parece que ha sido suficiente como para ensayar una elaboración al respecto.

Por principio de cuentas, me parece importante señalar lo que quizá sea lo más obvio: enojarse es parte de la experiencia humana y el enojo es una de las varias emociones del espectro que podemos experimentar. Como prácticamente todo lo humano, el enojo es a la vez social, cultural y subjetivo, lo cual implica, entre otras cosas, que todo ser humano está destinado a experimentarlo, en la medida en que forma parte de la matriz colectiva en donde se forma y se mueve la subjetividad.

Pensándolo bien, quizá ese punto no sea tan obvio. Pero sí lo es expresado sintéticamente de esta manera: es humano enojarse. La pregunta quizá es por qué para algunas personas es tan difícil hacerlo y, en otro sentido, por qué en algunas sociedades y culturas está igualmente censurado en cierto grado. 

Hablo, por supuesto, desde mi experiencia personal, aun corriendo el riesgo de incurrir en la falacia de convertir mi perspectiva en una generalización, pero no me importa, tomaré ese riesgo para decir que el enojo es una de esas emociones que, como la tristeza, pesa sobre ellas una mala reputación que orilla a quien la siente a ocultarla, disimularla y en última instancia “negarla” para sí.

¿Qué tiene de malo enojarse?, quisiera preguntar con cierta ligereza. La verdad es que mucho. Pienso de entrada que el enojo tiene un altísimo potencial de romper con el continuum social y de convivencia. Esa puede parecer una buena razón para censurarlo pues, como demostró Harold Garfinkel con sus “ejercicios de ruptura”, lo cierto es que, estando en sociedad, en principio nadie quiere que la continuidad social se interrumpa, esto es, que en pleno trato social, ocurra algo que el sujeto no esperaba y que acabe súbitamente con sus expectativas de normalidad. Cuando una persona se enoja en la sala de espera de un hospital público, por ejemplo, sin duda más de uno de los presentes pensará que su día ya se arruinó, que quizá su propia consulta se retrase, que el incidente afectará el ánimo de la enfermera o los médicos, etc. Socialmente, el enojo puede conducir a alteraciones e incluso cambios en las relaciones que no muchos están dispuestos o preparados para aceptar. No por nada ciertas revueltas y aun revoluciones han tenido como origen el hartazgo compartido de una parte de la población. De ahí la resistencia y eventual censura social al enojo, me parece.

Subjetivamente, el enojo puede tener un efecto parecido: mueve resistencias que sirven a la inhibición. Quizá por eso hay quienes sólo con mucha dificultad nos permitimos enojarnos, pues hacerlo implica vencer una censura que se ha impuesto sobre la parte del yo más espontánea y cabría decir que hasta más auténtica. 

También cabría recurrir a la idea del imperio de la “positividad” según la ha desarrollado Byung-Chul Han en algunos de sus textos. Sostiene Han que vivimos en una época que privilegia culturalmente la “positividad” en detrimento de la “negatividad”, esto es, una época en donde se le presta atención casi sólo a todo aquello que parece estar del lado positivo del espectro: el éxito, la felicidad, la alegría, el rendimiento, la productividad, el crecimiento, el progreso, el amor, la pasión, el placer, el logro, etc., echando a las sombras, en cambio, sus opuestos: el dolor, la tristeza, el fracaso, el cansancio, la enfermedad, la muerte, el decaimiento, etc. 

En ese panorama, volvemos a la sensación de que enojarse no está “bien visto”, pues pertenecería a esa zona negativa del espectro emocional. Enojarse, después de todo, sí tiene mucho de negativo. El enojo viene acompañado de agresividad, violencia, descontrol y en general uno de los peores rostros del ser humano. Su fealdad es un poco como la de Mr. Hyde según las descripciones que del personaje hace Robert Louis Stevenson: un rostro desencajado, deforme incluso, desagradable para todos. No por nada las expresiones de enojo de los adultos son sin duda las más traumáticas para los niños.

¿Pero entonces qué hacemos con el enojo? Por un lado, parece tener todas las cualidades para censurarlo: a nadie le agrada, la mayoría le rehúye, es una de nuestras peores facetas. Y por otro, es ineludible en la experiencia de lo humano. Además, dicho sea de paso, francamente hay motivos de sobra en el mundo para enojarse, en muchos casos con plena justificación: injusticias, abusos, estupidez, ignorancia supina (y de la otra, la normal del ser humano), maldad, crueldad gratuita y un larguísimo etcétera.

Una vez más, yo defenderé la gran diferencia que hace elaborar lo inconsciente frente a eso mismo inconsciente vivirlo a ciegas parcialmente. Y es que las maneras en que cada persona manifiesta su enojo provienen, por supuesto, directamente y sin escalas del inconsciente. Sin embargo, no es lo mismo que ese tránsito se realice conociendo de antemano la ruta que seguirá ese torrente iracundo (y, entonces, tenerle preparado su cauce) a, en contraste, dejarse inundar por una marea que sobrevino de pronto sin que le diera al sujeto oportunidad de prepararse. Y en este caso no hablo de contención, sino de consciencia. Un enojo contenido cumple a la letra el precepto freudiano de que aquello que ignoramos vuelve después y de peores formas. En cambio, un enojo experimentado y expresado desde un yo más consciente de sí, habiendo elaborado una parte del conocimiento inconsciente que ha dado forma a la subjetividad, puede ser, por decirlo así, un enojo más civilizado

Si el mundo está o no preparado para eso, es otra cuestión. A veces hay que enojarse de manera incivilizada, pero al menos sabiendo que podemos optar por la carta de la civilización. Además, como me decía un amigo hace no mucho, el enojo desbordado tiene un punto muy importante en contra: conduce al sujeto a una situación de mucha vulnerabilidad. El dicho (¿mexicano?) “el que se enoja, pierde” lleva mucha razón. Enojarse “irracionalmente” puede tener un costo altísimo. Se puede perder hasta la vida, como demuestran tantas historias trágicas.

Con todo y todo, pienso que sí hay que enojarse. Experimentar el enojo y elaborar después esa experiencia. Preguntarse por qué se enojó uno y qué forma tomó ese enojo. Plantearse la posibilidad de enojarse de otras maneras la próxima vez (porque ocasiones para enojarse no faltan). No negarse al enojo pero también reflexionar en si quizá ciertas situaciones admiten otras alternativas. Hablar del enojo, interrogarlo, estar dispuesto a aceptar que quizá o no fue la mejor reacción o acaso fue la única posible para determinada circunstancia. Enojarse a sabiendas de que aunque es horrible, al menos desde Aquiles el enojo es una parte inevitable de nuestro paso por este mundo.

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