El “género” de los apuntes sueltos me parece uno de los más adecuados para retomar la escritura cierto tiempo abandonada. Quizá también para despejar un poco la mente. Los pienso ahora como esos movimientos de estiramiento que se hacen a veces antes de una actividad física más vigorosa. Una preparación, en todo caso.
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Por estos días he pensado en lo interesante que es la manera en que se configura la experiencia de la enfermedad durante la niñez.
Sobre la experiencia del dolor, por supuesto y como bien lo notó Wittgenstein, no hay mucho qué decir, en tanto la sensación del dolor es territorio “privado”, incognoscible incluso hasta cierto punto, aun para el propio sujeto.
En cambio, en el “estar enfermo”, las singularidades y matices que adquiere ese estado sí saltan a la vista para el ojo que sabe mirar. Pienso que mucho de la experiencia subjetiva de la enfermedad se forma a partir de quién o quiénes cuidan del niño o niña enfermos y de qué manera, si con caras largas o si con una cierta tranquilidad y aun bajo una forma de “alegría”, si añadiendo cierta sensación de “culpa” o de pesar al hecho de enfermarse, si tomándolo como un estado propio de la vida, si con sufrimiento o con resignación, acaso incluso con frialdad e indiferencia.
Si tan sólo el ser humano supiera enfermarse, curarse y tan tan…
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Pienso ahora, mientras escribo, en una pintura de Picasso, una de sus primeras, que realizó cuando tenía tan sólo 15 años. Ciencia y caridad se llama, es de 1897 y en sentido estricto es una alegoría. Sin embargo, es posible mirarla también desde una perspectiva “literal”, esto es, mirando “únicamente” lo que ahí se muestra (si tal cosa es posible): una mujer en cama, un médico que le toma el pulso, una monja que le acerca una taza quizá de té o de alguna otra bebida curativa o al menos reconfortante, aun cuando ella misma, la monja, no se mira con un gesto o una actitud especialmente reconfortante para la enferma, quién sabe si porque acaso al mirarla ella piense más bien en algo más, digamos, el futuro inmediato del niño que sostiene con su otro brazo, el que no está ocupado con la taza de té pero sí con el pequeño entre dormido y atento a la mujer enferma, a quien la imaginación pronta e inmediata nos haría suponer fácilmente su madre.
La escena me parece un buen retrato de la enfermedad sufriente, la enfermedad dolorosa, la enfermedad que no se puede vivir con una cierta “soltura” y aun ligereza (si tal cosa es posible). La visión de la enfermedad que, en fin, fue uno de los motivos del príncipe Siddhārtha para buscar en la meditación el entendimiento del sufrimiento del ser humano.

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A propósito de la niñez, ¡cuánto cuesta salir de ahí!
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