Estoy en mi cama sin poder moverme. La sensación ha llegado de pronto, de la nada. Si me preguntan, apenas unos minutos antes estaba igualmente en mi cuarto pero haciendo otras cosas: viendo la tele, checando una vez más el celular, escribiendo o respondiendo un mensaje. ¿Cómo fue que llegué ahí, dentro de la cama? ¿En qué momento me cambié de ropa? ¿Fui yo quien decidió que ya quería o debía dormir? Ninguna de estas preguntas me inquieta en ese instante. Únicamente me veo o me percibo acostado, incómodo además, y aun así, sin poder hacer mucho al respecto. Todo pasa al mismo tiempo. Una sensación profunda de angustia me invade, me toma, me desbordaría de no ser porque yo soy su recipiente y sin mí dejaría de existir. Inmediata o paralelamente sobrevienen tres estímulos más, dos de ellos simultáneos o en un orden que ahora no sé precisar. El primero, una voz —no la mía, pero sí la de mi conciencia— que me dice que estoy a punto de morir. El segundo, un resplandor intenso que, también, lo ocupa todo: el horizonte, mi visión, mis sentidos. El tercero, una sensación de taquicardia. Siento que mi corazón se acelera a una velocidad que no había sentido nunca antes. También él, como mi angustia, parece querer tomar control de mi cuerpo, ser nada ni nadie más que él, acapararlo todo, aun cuando eso lo lleve a dejar de latir. Otras sensaciones pasan por mi mente. Pensamientos. Uno de ellos, peregrino, es de resignación. ¿Así que así se siente morir?, pienso. Se me presentan dos o tres cosas que siento inconclusas o, mejor dicho, siempre planeadas y nunca siquiera comenzadas. Me entristezco. Aunque no voy a negar que una parte mía, si no se alegra, al menos descansa. Adiós por fin a todo esto. Adiós a planear y nunca realizar. Adiós a la culpa y al tormento. ¿Así que así es como esto acaba? Dejo muchos pendientes, ¿pero qué se le va a hacer? Lo que creía que tenía no me alcanzó para completarlos. Todo esto pasa en un instante. Entre el resplandor y la taquicardia y la sensación de descanso quizás pasan tres, cuatro segundos. No mucho más. Entonces despierto. Siento mi respiración, que está agitada, pero percibirla me hace sentir aliviado. Así que todo era un sueño, pienso. Me doy cuenta de que estoy en mi cama. Haber pasado de un estado a otro me es suficiente para tranquilizarme. La taquicardia ha cesado. El resplandor se disipó. La inminencia de la muerte se ha dejado para otro momento. Vuelvo a sentirme tranquilo. No pasa mucho sin embargo antes de que perciba algo extraño, algo fuera de lugar. En la habitación contigua algo se quema. O mejor dicho: alguien. En un cambio de perspectiva, sin levantarme ni caminar, miro de lleno la habitación de mis padres en la casa que habité cuando era niño. Pero no como en el pasado, sino como es ahora. Mi madre duerme sin darse cuenta de que la cobija con la que está cubierta se está incendiando. Las llamas son pequeñas y se concentran sobre todo a la altura de sus pies, salpicadas aquí y allá en pequeñas parcelas de fuego. Me sorprende que continúe dormida y no se dé cuenta. Que ni el calor, el humo que llena a medias la habitación o el dolor de las probables o incipientes quemaduras, la despierte. Las paredes se tiñen de amarillo y naranja, y algunas pequeñas flamas saltan a las paredes del clóset, el buró y la cómoda que mi mamá conserva en su recámara. No sé qué hacer. Mi sorpresa enmascara mi impasibilidad. ¿Y si está muerta? Con esa pregunta vuelvo a despertar. Esta vez en serio. A la realidad. Abro los ojos y siento el movimiento de mis párpados y el sube y baja de mi pecho cuando respiro. La sensación es del todo distinta. Muevo los dedos de mis manos y hago que los músculos de mis piernas se contraigan y se distiendan bajo mi voluntad. No lo pienso mucho y me levanto para ir a la cocina por un vaso de agua. Tomo mi teléfono de la mesa de noche con el pretexto de usarlo como lámpara, aun cuando siempre he podido orientarme bien de noche en las casas donde he vivido. Por pura inercia abro Instagram. Me quedo viendo un reel mientras camino por el pasillo. ¿En serio?, me digo, ¿casi mueres y tu siguiente acto consciente es ver Instagram? Cierro la app, con culpa y con hastío. Ya en la cocina intento aclarar un poco lo que acaba de pasar. ¿La infección llegó a tanto? ¿Fue solo un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Y si estuve a punto de morir? La taquicardia se sintió muy real. Hacía mucho no me pasaba algo así, pienso. La última vez fue en T., a los dos o tres meses de haber llegado. Días especialmente tristes, aun cuando entonces no me di tanta cuenta de ello. Mejor dicho: no me daba cuenta de todo lo que estaba pasando. Estaba solo, lejos de todo aquello con lo había crecido y eso otro que me había acompañado los últimos meses. Hubo una noche en especial en la que también me asaltó un sueño perturbador, autoritario, apabullante, del cual, por más intentos que hacía, no podía salir. La sensación de alivio cuando por fin desperté fue casi idéntica a la de esta última noche, lo mismo que el sudor y la respiración agitada con los que volví a la realidad. Y algo más. Casi como si algo hubiera cambiado. Como si algo específico, algo importante, no pudiera ser ya, a partir de ese momento, de la misma manera. Pensaba en eso mientras tomaba agua en la cocina de mi casa, a solas y a oscuras, después de un sueño de fiebre.
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