Para Chío, por la pregunta (y el desencuentro)
¿Cómo fue que el hijo de un albañil terminó sabiendo estas cosas? ¿Y qué relación podría tener el hijo de un albañil con los refugiados del exilio español en México? Yo no me había dado cuenta hasta que Rocío me hizo esa pregunta. Hasta entonces, sabía, sí, que fue el hecho de tener libros en casa lo que me llevó “naturalmente” a leer, aun cuando en casa nadie más leía, o al menos no de esa manera: dedicando una cierta parte del día a hacerlo, concentradamente, por el mero placer y el disfrute que puede dar la lectura.
Tener los libros no fue lo único, por supuesto. Que los libros ya estuvieran ahí también obedeció a un motivo y, mejor dicho, a una cierta ensoñación, en el mejor sentido de la palabra. Con un gesto o un movimiento que tal vez yo nunca podré terminar de agradecer lo suficiente, mi padre soñó con que sus hijos estudiaran. Él, que buena parte de su vida fue albañil, que laboralmente se definió siempre como albañil, que de su padre decía que había sido albañil y del padre de su padre que había sido albañil, él quiso que sus hijos estudiaran, y de su hijo hombre en particular que él ya no fuera albañil.
Por ese deseo terminó habiendo libros en la casa. Inicialmente, los libros que a aquel albañil sin más instrucción escolarizada que la enseñanza primara le pareció que debía haber: enciclopedias. Una “elección” en la que se cristalizaron tantas circunstancias. Su deseo –claro, y para empezar–. Su imaginario. Las pocas o muchas experiencias de vida que surgieron a raíz de estos dos. Un momento específico de la historia y la industria de la edición, en el que las enciclopedias gozaban de un valor social y por lo mismo se volvieron accesibles –en abonos y en venta casa por casa– para las familias de la clase media mexicana consolidada en los años del “desarrollo estabilizador”.
Fue en esas enciclopedias que este hijo de un albañil leyó un cuento de John Ruskin muchos años antes de saber quién era John Ruskin (ese crítico de arte tan admirado por Proust, quien escribió un prólogo que se publicaría después como ensayo suelto: «Sur la lecture»). Fue así como aquel niño aprendió de memoria el orden de las dinastías reinantes en Francia, menos por un interés histórico que por el asombro que le causaba el sonido de esas palabras exóticas: merovingios, carolingios, Capeto, Valois, borbones. Aprendió también su nombre en francés, una monada que cayó en gracia a sus padres cuando se los dijo. Algo de geografía y de la ciencia y tecnología de la época, materias que le interesaban poco y cuyos artículos leía por mera inercia (si es que lo hizo). Muchos cuentos, leyendas, mitos, fábulas, poesía incluso. En esos libros aquel niño aprendió a amar los libros, la lectura y la literatura, lo cual terminó siendo un asunto para nada menor. Y un asunto tampoco nimio: aprendió a moverse entre las páginas de los libros, a navegar un índice, a buscar una palabra, a encontrar un artículo, a reconocer los nombres de los autores, a recordar dónde había leído algo, quién lo había dicho, en qué tomo se encontraba eso. Muchas de esas lecturas ocurrieron en la soledad del estudio, en esa casa no exenta de contradicciones, como tantas otras, o a bordo del coche, en los trayectos rumbo al dentista o a la visita obligada a las tías de la familia, en un estado muy singular de aislamiento y melancolía, cuyo contrapeso fue la “compañía” que encontró en los libros. Aprendió, sin saber que lo aprendía entonces, una condición paradójica del lector (que puede ser también la del escritor), en donde el deseo de leer (o de escribir) convive con una forma de soledad no siempre sencilla de sobrellevar y cuya salida ese niño comenzó a vislumbrar mucho tiempo después.
¿En dónde entra el exilio español en toda esta historia? En que de esas varias enciclopedias y diccionarios que aquel padre compró para sus hijos, hubo una que nunca pudo adquirir: la Espasa-Calpe, de notable reputación en aquella época, que completa se cuenta en poco más de un centenar de tomos. Quién sabe si mi padre se hubiera enterado de la existencia de dicha enciclopedia de no haber sido por los muchos años que trabajó con un arquitecto de nombre Jaime Viejo Zubicaray, quien llegó niño o adolescente (no lo sé con precisión) con los exiliados de la Guerra Civil.
Ahora que escribo esto, supongo que en cierta medida mi padre fue orientándose en el mundo de los libros –que él desconocía– a través de las pláticas con este arquitecto, quien debió tener una cierta cultura libresca. Sé, eso sí, que fue él quien le hablaba de la Espasa-Calpe, animándolo a adquirirla para nosotros, así como él la había comprado para sus hijos.
Yo no sé por qué mi papá nunca la compró. Él llegó a decir que por el precio y por el espacio que requería, pero no sé si también por otros motivos. Quién sabe si pensó que lo que nos había dado hasta ese momento era “suficiente”, su límite, por así decirlo. Quién sabe si pensó que lo siguiente ya le tocaba a sus hijos “adquirirlo”, dicho esto no sólo en un sentido material o monetario. Quién sabe si también por otro motivo, más íntimo: por eso poquito que el deseo de cada quien pide dejar insatisfecho a fin de seguir deseando.
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