El fin de un análisis: un primer acercamiento (S23)

Ayer leía el libro de Colette Soler sobre los “finales de análisis” y me llamó la atención que muy al inicio Soler compara la manera en que distintos autores, escuelas o corrientes de la psicología definen el fin (o el “término”) de una psicoterapia. ¿Qué significa, después de todo, “terminar” con un proceso terapéutico? Y aun, dicho con esa compleja simplicidad que tienen ciertos aspectos de la vida, ¿qué significa realmente “terminar” con algo? 

En la teoría psicoanalítica, la cuestión del “fin de un análisis” (o el “fin del análisis”) ha sido ampliamente discutida, ya desde Freud, y sin duda es una de las más importantes del andamiaje teórico y clínico de la disciplina. «Fin» en esa doble acepción (al menos) que la palabra admite tanto en español como en francés: «fin» como término, como “punto de llegada”, y «fin» también como objetivo, como propósito y aun como “razón de ser”, y por asociación, «fin» como “ganancia” (sobre lo cual Colette Soler también elabora en la primera conferencia recogida en dicho libro). En efecto: cuando una persona inicia un proceso terapéutico, “espera” algo: lograr algo, obtener algo, llegar a algo.

Es muy probable que el objetivo más común sea acabar con un cierto sufrimiento, un objetivo que al inicio se considera de manera general y difusa pero, paradójicamente, urgente. En una entrevista con Radio France, dice la misma Colette Soler que una persona acude al consultorio del o la psicoanalista “porque sufre”, y yo pienso que esa afirmación puede servir para casi cualquier “profesional de la salud mental”, como se dice ahora, independientemente de la escuela psicológica bajo la cual se formó. Si una persona pide una consulta, muy seguramente es porque hay algo en su vida con lo cual ya no puede más, un malestar que se ha vuelto insoportable. Un poco como ocurre con los médicos y las enfermedades del cuerpo.

Esta alusión a la medicina no es casual. Para muchas personas, el campo de “lo médico” es su primer referente al momento de querer entender “lo psicológico”, especialmente al nivel de la praxis y la clínica. Por supuesto, muchas corrientes de la psicología han contribuido a alimentar esta comparación. Entonces, tanto “profesionales de la salud mental” como personas que acuden a consulta se relacionan entre sí bajo el imaginario de la medicina y sus conceptos: el diagnóstico, el tratamiento, el “alta” y otros afines. Lo usual, también fomentado, parece ser pensar lo “psi” a la luz de lo médico. 

Con todo, la naturaleza de los fenómenos psicológicos (y particularmente del malestar psicológico) es de orden distinto y no puede entenderse bajo el mismo marco. Específicamente, pensar la pregunta sobre el “fin” de un proceso psicoterapéutico bajo la perspectiva médica puede provocar confusión, malentendidos y equívocos. Habrá quienes al acudir con “el psicólogo” esperen “curarse”, pero cabe preguntar: ¿cómo se cura a una persona de la familia que la formó, o de la cultura del país y la época en donde creció? ¿Cuántas hojas de diagnóstico serán necesarias para bosquejar una subjetividad en cambio constante, tejida de hilos muy finos y para la cual el lenguaje, aunque es su medio de expresión por definición, al mismo tiempo es siempre insuficiente? ¿Qué podría significar “dar el alta” a alguien en relación con su síntoma, su obsesión, su neurosis, sus inhibiciones? Las preguntas no son nada sencillas, porque sencilla no es la subjetividad de una persona.

En la comparación que hace Soler, el aspecto que más llamó mi atención es que mientras que otras escuelas de la psicología parecen tener muy claro cuál es el fin de un proceso terapéutico, el psicoanálisis se niega a tal contundencia. Esto, en nuestra época de “objetivos y “resultados”, suena más bien negativo y aun escandaloso. ¿Cómo puede ser que una disciplina con evocaciones médicas o científicas se niegue a señalar con precisión el fin de su tratamiento, en esa doble acepción de término y de objetivo?

Con todo, así es. Por un razón más o menos simple: porque a diferencia de otras escuelas o corrientes, el psicoanálisis no se sostiene en ideales. Al respecto de la cuestión tratada, el «fin de un análisis», eso implica que el o la analista no le indica al analizante una meta a cumplir o un estado óptimo a alcanzar. De alguna manera el/la analizante mismo se los impone (o mejor dicho, su super-yo), en algunos casos, pero eso es obra de su psique. 

Mi lectura no está concluida. Quise escribir esto por mera inquietud. Quizá la pregunta que animó mi asombro ante la exposición de Soler se encuentra en torno a la posibilidad de una vida sin ideales. No en un sentido nihilista o de renuncia, sino al contrario: vital. ¿Cómo responder a la vida no por la obediencia a un ideal, sino por algo más, todavía innominado, lejos de la exigencia y la sumisión, de la rigidez y de una falsa idea de fidelidad, y más bien cerca del compromiso, la responsabilidad de sí e incluso de una cierta ética de vida?

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