¿Dónde hay, para este adentro,
un afuera? ¿A qué herida
colocarle esa gasa?
¿Qué cielos se reflejan
en el íntimo lago
de estas rosas abiertas,
despreocupadas?
Miralas, ahí tan sueltas en lo suelto,
como si no pudiese
derramarlas ninguna mano temblorosa.
Apenas se contienen a sí mismas;
muchas se permitieron
llenarse hasta tal punto que rebalsan
de su espacio interior, sobre los días
que se clausuran cada vez más llenos
hasta que al fin todo el verano
se convierte en un cuarto,
en un cuarto en un sueño.
—Rainer Maria Rilke, “El interior de las rosas” (tr. Ezequiel Zaidenwerg)
I
La vida ocurre en un caprichoso vaivén entre el interior y el exterior. La vida humana, por supuesto, cuya experiencia es la única que podemos conocer. La experiencia de la vida humana a través de la conciencia. Una brecha entre ambas fronteras. Un rendija apenas. Una bisagra o un eje.
Llegamos al mundo y acaso ya desde el primer instante –si es que hay tal, pues quién podría señalar ese “primer” instante, quién decir si el tiempo para un ser humano, este ser humano, comienza con la mítica nalgada que le hace respirar y que, al parecer, pone en marcha simultáneamente el cronómetro y el respirador; quién si es antes, en el vientre de la mujer, o después, una vez que los instrumentos de percepción de la conciencia están suficientemente afinados para darse cuenta de que el tiempo transcurre, ¿cuándo sucede el momento?, quizá es después, mucho después, cuando comienzan a asentarse en la memoria los incidentes, el azar vuelto hábito, la contingencia que se convierte en significado; ¿cómo elegir un “primer” momento en medio de todo ello?– acaso ya desde ese primer instante la frontera entre exterior e interior ya entonces no es clara. ¿Cómo puede ser exterior este cuerpo que todo me indica que me pertenece? Más aún, este cuerpo que todo me indica que soy yo mismo, que me constituye y me estructura, que me da identidad o a partir del cual mi identidad se formó. ¿Y cómo puedo llamar “interior” a esto inicialmente tan vacío, tan neutro, como ese Nadie que fue Odiseo en la cueva de Polifemo? (Ese yo germinal que, paradójicamente, tiene tan poco de esto que ahora llamo yo, es tan uno con el mundo: él y su semejanza) [¿No se dice que por eso creó Dios al hombre, para no sentirse tan solo, tan Uno, en la infinidad del universo?] ¿Cuándo comenzará esa tensión? ¿Cuándo comenzaré a sentir que yo, que estoy que soy, se encuentra en conflicto permanente, irresoluble, con el mundo? ¿Cuándo se sentirá por vez primera –esa legendaria, imposible vez primera– esa frontera? Pero sentir en el sentido de palpar. ¿Cuándo se toca? ¿Cuándo se huele o saborea esa frontera? ¿Y a qué huele, a qué sabe, qué textura tiene para cada cual? ¿Será el contacto de una piel con la piel del otro? ¿La primera vez que se huele el sudor de alguien y se encuentra una diferencia que extrañamente lo hace semejante al de uno? ¿De qué está hecha esa frontera? ¿De sangre, sudor y lágrimas? ¿Al escuchar la voz del otro? ¿Los sonidos del mundo? ¿Y será que en ese momento de lucidez, de sensación o de mera percepción se entiende ya ahí, al suceder, como una frontera difícil, conflictiva, que opone una cierta resistencia a esto que soy? ¿O –de nuevo esta testarudez de las primeras veces– cuál será el momento fundacional de dicho conflicto que, después de todo, haya o no primera vez, ocurre?
Sea como fuere, la vida ocurre en un peculiar vaivén entre exterior e interior. Sostenido, simultáneo. No es que unas veces estemos en el interior y otras en el exterior. Es que estamos siempre al mismo tiempo en el interior y en el exterior. En el mundo y en nuestra percepción del mundo. En nuestra interioridad y en la vivencia de las huellas que el mundo ha dejado ahí. Ni siquiera es un equilibrio. Simplemente es un ir y venir, caprichoso, errático, caótico, imprevisible, inmensurable. Un movimiento repetitivo y sin embargo irregular. A veces parece que nos volcamos al exterior. Miramos todo lo que nos rodea, lo sentimos, lo percibimos. Y a veces pareciera que ni siquiera tenemos que hacer un esfuerzo suplementario o intencional. El exterior nada más nos inunda, nos toma, parece que nos vuelve su objeto, su juguete. Y otras, en ciertos momentos de la vida, parece imponerse el impulso opuesto, esto es, un empuje que nos lleva, con el mismo o mayor grado de necesidad, hacia el interior de nuestro yo, una fuerza que nos atrae hacia la soledad y a veces también al aislamiento, al retiro o la ascesis, a la reflexión y la introspección. Un impulso, podría decirse, hacia el mundo interior.
Sin embargo, esa dicotomía es aparente, al menos en algún aspecto: el de la frontera entre ambos mundos. En un viaje, en la llegada a un país extraño, en cualquier experiencia donde los sentidos quedan inundados (por ser la primera vez en que uno experimenta eso, por las elevadas expectativas que se tienen frente a algo, por la intensidad de los estímulos de los se compone la experiencia en sí) podría parecer, en efecto, que el exterior se impone sin reservas, despóticamente, pero después de todo, en cualquier circunstancia, experimentamos el exterior a través de las categorías y nociones que llevamos en nuestro interior; miramos con los ojos del interior. Y viceversa: por más que nos retiremos del mundo, por más que no queramos volver a dejarnos tentar como San Antonio por las seducciones del exterior, cualquiera que sea el objeto de nuestra introspección fue alguna vez un elemento del exterior. Llevamos el mundo con nosotros. Las categorías y nociones necesarias para esa introspección también son creaciones tomadas del mundo exterior. La introspección es una suerte de espeleología que se hace con herramientas concebidas y fabricadas en el exterior para explorar, paradójicamente, un mundo íntimo.
II
«Travaillez pendant que vous avez encore de la lumière.»
–Proust, Contre Sainte-Beuve
Hay dos cuadros que en cierta forma parecen espejearse. Uno es Filósofo en contemplación de Rembrandt (1632), el otro, El astrónomo de Vermeer (ca. 1668). Los dos representan al “hombre de estudio”, el erudito en una imagen común que tenemos de éste: hombres de una edad avanzada, notablemente concentrados en la realización de una actividad, solos, silenciosos.
En esto, el cuadro de Rembrandt es el más elocuente, pues el lugar donde sitúa a su “filósofo” es una especie de sótano, una habitación que en todo caso da la sensación de estar abajo por la escalera de caracol que ocupa casi la mitad de la pintura. Se le mira reflexivo, meditabundo, quizá también somnoliento (¿por qué no?), en esa postura ambigua que adoptan a veces las personas mayores, quietas en una silla, desde donde no se sabe bien a bien si observan a su alrededor, si exploran la profundidad de su pensamiento o si dormitan.

En contraste, el cuadro de Vermeer podría considerarse más activo o más transparente. Si bien el personaje representado comparte en algún grado las características físicas del de Rembrandt, su actitud es en cambio mucho más dinámica. Al astrónomo se le mira entregado de lleno al examen de su materia: un globo celeste que observa con intensa, inalterable atención. No hay dudas ni sobre el objeto de su atención ni sobre su entusiasmo.

Ambas pinturas tienen otro rasgo en común: una ventana por la cual se cuela la luz que, en el caso de la de Rembrandt, baña al alquimista en su reflexión o su ensueño y, en la de Vermeer, facilita el estudio del globo.
En ambas, esa luz admite una interpretación tanto literal como figurada o simbólica del elemento. Después de todo, lo mismo en aquella época que ahora, la luz natural es indispensable para llevar a cabo actividades de la inteligencia: analizar, comparar, leer, escribir, etc. Metafóricamente, esa luz puede tomarse como la luz del conocimiento, la luz que “ilumina”, en la acepción casi religiosa o mística de esta palabra, y permite así comprender los misterios de la realidad.
Pero la luz puede ser también algo más. En las escenas de ambas pinturas, dominadas por la soledad y la concentración, la luz es no sólo el elemento más “visible” del exterior, sino además es un elemento imprescindible. En los rayos de luz está el exterior que, pese a todo, se cuela a esa fortaleza de reflexión en donde los dos sabios han optado por recluirse. El exterior que persiste. El exterior incontenible. El exterior necesario. El exterior que por más esfuerzo que el sujeto dedique a frenarlo, a contenerlo, a impedirle el paso, no cede, y termina ahí, en el corazón mismo de ese refugio para la interioridad
III
En cierto momento, Marcel Proust se encerró a escribir e hizo poco más que eso durante cerca de diez años. “No salía, no comía al mediodía, no me movía de París”, se lee al inicio de un apunte de su “Cahier 4”, incluido como parte de “Los ruidos de la calle” en la edición moderna del Contra Sainte-Beuve (1971).
Se dice que, con los horarios completamente invertidos –escribía de noche y de madrugada, al amanecer dormía, ya bien entrada la tarde desayunaba, visitaba a alguien, salía a la calle–, vivió en su apartamento entregado a la realización de su obra. Que mandó forrar de corcho las paredes de su habitación para evitar o al menos amortiguar el sonido proveniente del exterior y parece ser que una medida afín tomó para la luz de fuera.
Ese ambiente en el que Proust escribió la Recherche evoca en algún grado el gabinete del alquimista y de los primeros científicos europeos: el hombre que se aísla del mundo para mejor analizarlo e intentar comprenderlo.
Pero no sólo ello. Aun cuando pueda decirse que Proust se encerró e inclusive que se enclaustró, no fue lo único que hizo. Hablando sobre la “puesta en escena» de la Recherche, Roland Barthes señaló ese momento en que el Narrador de la novela se da cuenta de que ha encontrado cómo y sobre qué escribir, sobre todo el cómo, su método, el camino de la escritura, la vía regia cuyo tránsito devendrá en el cumplimiento de su vocación de escritor por tanto tiempo anhelada y postergada. Dice Barthes que el Narrador se da cuenta entonces de que la soirée Guermantes de El tiempo recobrado será la última de su vida mundana, concibiendo a partir de entonces al mundo exterior como el mundo de las distracciones, el mundo que ofrece todo aquello que, en el fondo, aleja de la vocación verdadera (aun cuando, paradójicamente, la nutre, la sostiene y en buena medida nos conduce a ella). Cuando el Narrador siente que ahora puede escribir, lo arrebata un impulso vital por salir corriendo hacia su escritorio, sus folios, a la habitación donde se encuentran sus instrumentos de trabajo. La vida mundana ha perdido de súbito toda importancia o valor frente a la posibilidad palpable de realizar su obra.
Proust, entonces, se retira a su gabinete de científico o de observador. Un espacio que materialmente está ahí en su apartamento parisino, pero que en otro sentido también edifica e inventa al hilo de los días y de las páginas escritas. Acaso más importante que el espacio en sí es la intención que lo lleva a él. Como en el Filósofo de Rembrandt o El astrónomo de Vermeer, Proust es un hombre que, retirado en la soledad de una habitación, se ha entregado voluntariamente al examen de una materia. Dicho al margen, vale la pena señalar este contraste admirable y hermoso en la pintura de Vermeer y de su obra en general: que aun con pintar personajes profundamente concentrados en una doble actividad que implica la realización de una tarea –leer, pesar, verter, coser, analizar– y el examen de un elemento del mundo exterior –una carta, perlas, leche, tela, un globo–, situados en habitaciones que se adivinan cerradas o apartadas del resto de la casa, todo lo cual da a la escena un grado elevado de intimidad y de interioridad, aun con todo ello presente de manera tan intensa en los cuadros, Vermeer otorga un lugar tanto o más protagónico a lo exterior, sin cuyos elementos la escena no tendría sentido, dejando ver que entre uno y otro ámbito –el interior y el exterior– no hay ni puede haber frontera clara, sino sólo ambigüedad.
En ese sentido, en ese encierro por el que Proust opta, el exterior no está totalmente expulsado. No sin cierta ironía, Proust construyó un observatorio para examinar mucho de lo que alguna vez fue exterior para él: Combray (es decir, Illiers), Balbec (es decir, Brest y la Normandía), Venecia, el clan Guermantes (es decir, los gestos y actos de Mme. Strauss, Robert de Montesquiou o Antoine Bibesco, entre varios otros). Todo aquello que efectivamente existió y que, como tal, fue parte en algún momento de “la realidad” o del mundo exterior.
Sin embargo, un observatorio diseñado y construido para examinar la realidad exterior (a la manera de Balzac) o al mundo interior (como Dostoyevski) no sería ninguna novedad en la literatura. El genio de Proust consistió en dirigir o volcar toda esa maquinara de observación a las bisagras entre uno y otro mundo, a esos puntos en los cuales lo exterior y lo interior se confunden y se mezclan y, en esa combinación, resultan en algo más, un tercer elemento que tiene algo de uno y de otro y que es significativo sólo por la interdependencia entre ambos.
Todavía con una particularidad más: Proust utilizó esa compleja maquinara óptica diseñada y construida por él mismo –menos como el ingeniero racional y calculador y más como el artesano y el amateur, a base intentos, fracasos, abandonos, algunos éxitos, pruebas difíciles, angustia y obsesión– para escudriñar con mayor énfasis ese otro universo que es la vida interior, la vida a la cual no tenemos acceso, a veces ni siquiera nosotros mismos, sino por medio de sus efectos y sus representaciones, esa otra vida que, apenas comenzamos a examinarla con seriedad, se nos revela tanto o más inconmensurable como el cielo nocturno, la realidad atómica, la diversidad que tomó la vida en nuestro planeta o los fenómenos físicos que ocurren a cada instante a nuestro alrededor. Dicho de otro modo, para examinar la interioridad humana –y más precisamente: esa capa de la interioridad que nos parece íntima pero que está imbuida del mundo exterior– son tan necesarios tanto el microscopio como el telescopio, la paciencia y la perseverancia, la vocación científica y la sensibilidad literaria.
IV
Entonces, Proust. El observatorio que construye es uno para la interioridad. Las habilidades que desarrolla para la observación –su complejo sistema que puede pasar, en un mismo instante literario, de aquello que parece que todo mundo vem a lo íntimo e invisible para el ojo común– están puestas al servicio de la interioridad, en su caso, al doble juego de cómo el sujeto aprehende el mundo mirándolo desde su subjetividad y, por otro lado, cómo la interioridad reacciona –casi químicamente, cómo cambia en su color, en su textura, en su estado– a los estímulos del mundo exterior. Una habitación-observatorio. Una mirada a un mismo tiempo microscópica y astronómica. Un observatorio desde el cual lo aparentemente más ínfimo reveló poco a poco, con vehemente paciencia, su profundidad oceánica.
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