
Al leer En busca del tiempo perdido, la pregunta sobre quién era “en realidad” tal o cual personaje suele llegar tarde o temprano y, a veces, cuando hace su aparición, viene acompañada de un extraño sentido de urgencia.
En un fenómeno que es casi exclusivo de este libro, el lector de la Recherche puede llegar a sentir una obstinada y rara necesidad de saber quién sirvió de modelo para Odette, para Charles Swann o para el barón de Charlus, una peculiar forma de “crítica” que, a decir del investigador Gabriel Astey, tuvo su origen en la época de publicación de los primeros tomos de la novela (el París de las décadas de 1920 y 1930), cuando algunos de los primeros lectores de Proust, contemporáneos y aun amigos o enemigos suyos, amantes o ex amantes, mecenas, rivales, parientes o simples conocidos, comenzaron a “encontrarse” en el relato y a identificarse en los rasgos de algunos personajes, disimulados apenas, menos por falta de habilidad literaria que por una cierta malicia de Proust. Paradójicamente, al reconocerse aquí y allá, esos lectores inauguraron toda una forma de leer la obra proustiana, a medio camino entre la curiosidad biográfica y el chisme de socialité.
Basta entonces tirar una pequeña hebra para que surja una amplia trama de nombres, la vasta mayoría ignorados para el lector común y acaso condenados al olvido de no ser gracias a la Recherche: la condesa Greffulhe, Madame Strauss y Laure de Chevigné (tres modelos alegados para la duquesa de Guermantes), Albert Le Cuziat y Gabriel Yturri (Jupien), Laure Hayman y Reynaldo Hahn (Odette de Crécy), Céleste Albaret (Françoise), Alfred Agostinelli (Albertine), Anatole France (Bergotte), Antoine Bibesco (Robert de Saint-Loup), Jacques Doasan (uno de al menos dos modelos para Charlus), Madame Lemaire, Madame Arman de Caillavet y Madame Aubernon (tres modelos para Mme. Verdurin), Louisa de Mornand (“Rachel quand du Seigneur”), Geneviève Lantelme (Gilberte Swann de mayor), Victor Brochard (Brichot)… y tantos otros.
A primera vista, este conocimiento podría parecer meramente anecdótico, un ejemplo cabal de ese fenómeno que Roland Barthes llamó “marcelismo” y el cual consiste en interesarse más por la vida de Proust que por su obra en sí. Cual coleccionista obsesionado con alguien a quien admira, cierto tipo de lector reúne esos detalles para atesorarlos como si se tratase de objetos cuyo único valor es haber pertenecido a su ídolo. En ese sentido, el marcelismo es en algún sentido una fruslería, un capricho del lector fascinado por Proust o por la Búsqueda. No del todo inútil, pues puede ocuparse como material para entender el proceso de invención de Proust, pero sí superfluo para establecer el puente entre “lo real” (lo que existió, lo que sucedió, etc.) y la literatura. Si bien es obvio que en la realidad, en toda su vastedad, se encuentran las fuentes de aquello que se convierte en literatura, en algún punto ésta se vuelve autónoma, independiente de los sucesos “reales” en los que se originó. En pocas palabras, la obra se libera para vivir una existencia propia.
¿Cuánta realidad hay en Ulises Lima o en Arturo Belano, en los amores de Swann y Odette o en los asaltos meticulosamente planeados del barón de Charlus? ¿Qué tan reales son o fueron la Ciudad de México de Los detectives salvajes o el Balbec de A la sombra de las muchachas en flor? ¿Quién fue en realidad Cesárea Tinajero? ¿Qué tan preciso sería superponer ambas figuras: a Mario Santiago Papasquiaro sobre Ulises Lima, a Roberto Bolaño sobre Arturo Belano, a Robert de Montesquiou sobre Charlus?
Porque además esto: preguntar “qué tanta realidad” hay en la literatura implica una especie de cuantificación de ambas, como si pudiera decirse que en la duquesa de Guermantes hay un tercio de cada una de las tres mujeres que, se supone, Proust tomó como modelo para su personajes. Y aun si ese fuera el caso, ¿de qué tercio estaríamos hablando? ¿A qué tercio corresponden una forma de mirar o una cierta inflexión de la voz que Proust atribuye a la duquesa de Guermantes? ¿Qué tercio conforman el cuerpo, los gestos y los ademanes? ¿En qué proporción colocar las palabras, las frases y aun las muletillas que también forman parte de la identidad de una persona?
En el fondo pareciera que se intenta encontrar la realidad en la literatura para demostrar que la realidad existe única, absoluta. Una realidad pura que nada tiene que ver con la incertidumbre, los cambios y los equívocos (y la fugacidad) propios de la percepción humana, la memoria, la impresión, la subjetividad, las interpretaciones, la convención social y en general la marea de desacuerdos en que transcurre diariamente nuestra existencia.
Deja un comentario