En un artículo dos tres famosillo publicado el 2 de julio de 1976 en el Excélsior de Julio Scherer (e incluido después en la compilación Instrucciones para vivir en México preparada por Guillermo Sheridan para la editorial Joaquín Mortiz), Jorge Ibargüengoitia escribió:
«Cada seis años, por estas fechas, siento la obligación de dejar los asuntos que me interesan para escribir un artículo sobre las elecciones, que es uno de los que más trabajo me cuestan. Puede comenzar así: ‘el domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿Quién ganará?’»
La ironía en la pregunta al final del párrafo apuntaba al hecho de que en aquella época la elección presidencial tuvo a un solo candidato, José López Portillo, único nombre en figurar en la boleta.
Ibargüengoitia, que si algo dominó fue el arte de evidenciar el ridículo o el absurdo latente en los asuntos de la vida y la historia social y política de México (de ciertos aspectos al menos), condensó ahí de alguna manera el sentimiento generalizado de la hegemonía priista surgida de la Revolución, en una época que quizá ahora, a la vuelta de los años y adquirida ya cierta perspectiva sobre nuestra historia reciente, podría mirarse como el clímax del régimen de partido único. Si por un lado podrían considerarse los años todavía convulsos de la post Revolución y el Maximato y, por otro, el inicio del fin con la presidencia de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, la década de 1970 sería ese punto medio de poder absoluto que de algún modo encontró su expresión perfecta en esa elección de candidato único, uno de esos contrasentidos que al parecer tanto gustan a la historia política de México. ¿Por qué si hubo un partido Revolucionario-Institucional (un oxímoron sobre el cual escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad), no habría una elección con una sola opción disponible? La correspondencia es exacta.
Como apunte al margen útil para este texto recordemos que el régimen de partido único también legó una expresión al léxico político popular muy propia de la realidad mexicana del siglo XX: llevarse «el carro completo», esto es, que un solo partido (el PRI, por supuesto) ganara no sólo la presidencia, sino prácticamente todo cargo de elección popular en juego en una misma elección, a saber, gubernaturas, diputaciones, senadurías, presidencias municipales y acaso hasta la representación más trivial que pudiera existir en el rincón más alejado de México y que tuviera alguna influencia política.
Hoy, un cierto fantasma de aquella realidad se agita. Como es ya bien sabido, MORENA ganó un segundo periodo en la presidencia del país teniendo como candidata a Claudia Sheinbaum. Y no sólo eso. Aunque los resultados todavía no son definitivos, todo parece indicar que junto con sus aliados políticos (el Partido del Trabajo y el Verde Ecologista de México –que de Verde tiene sólo el nombre y los uniformes, cabe hacer notar), tendrá mayoría calificada en ambas cámaras, la de diputados y la de senadores, necesaria para realizar modificaciones a la Constitución política de México. Dado que las cámaras se renuevan antes que la presidencia, esto da al presidente López Obrador la oportunidad de un periodo de casi un mes antes de su salida para enviar y en su caso ver aprobadas algunas reformas constitucionales que, de hecho, ya ha anunciado en sus conferencias matutinas del último año.
Al “carro completo” de MORENA se añaden también siete gubernaturas ganadas este domingo 2 de junio –con lo cual el partido tendría gobernadores en 23 estados del país, más uno gobernado por su aliado el Partido Verde (San Luis Potosí)–, 11 alcaldías en la Ciudad de México y varios cientos de municipios.
Además de la influencia política previsible en este contexto, cabe pensar también en la capacidad económica subrepticia que a partir de ahora tendrá el partido con esa cantidad de presupuesto estatal y federal a su disposición. Eso, claro, en paralelo al poder político.
“Nadie aguanta un cañonazo de 50,000 pesos”, dicen que alguna vez dijo Álvaro Obregón, y lo cierto es que los nuevos actores políticos en México no parecen estar fuera de esa consigna. ¿Quién resistiría ejercer todo ese poder que se avizora en el horizonte inmediato de la vida pública de nuestro país?
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