Mi sentimiento de exilio era agudo: ¿qué hago aquí, si todo esto me tiene sin cuidado, si lo que me interesan son otros libros, por no hablar de otras cosas, la más sencilla de las cuales sería dar un paseo?
–Gerardo Deniz, “Exilio y literatura”
El doctor miró por última vez al paciente por encima de sus anteojos y, devolviéndolo la mirada al papel, comenzó a dictar la receta, pero maquinalmente, como si no hubiera nadie más en el consultorio, como si hablara a una cámara de video o a una grabadora de voz, o como si se dirigiera a una audiencia abstracta, invisible, acaso inexistente…
1. Para empezar, largas caminatas. Tome el hábito de caminar al menos una hora diaria continua y vigorosamente. De preferencia al exterior y en una zona arbolada. Un parque cercano a su casa sería óptimo, o más lejos, si está en sus posibilidades.
2. Segundo, adquiera una distracción. Mejor dicho, cultive alguna que ya tenga. Pero no cualquiera. No las series de televisión o las distracciones banales como el mucho tiempo perdido en el celular. Opte por una distracción creativa. Seguramente tiene alguna. Leer, escribir, dibujar. Usted decida. Pero que sea una distracción que la saque del mundo para meterla en el suyo.
3. Comience a retirarse de sus obligaciones. Paulatina o súbitamente, eso lo dejo a su consideración. En todo caso, lo invito a tener en cuenta que un retiro súbito suele despertar la alarma de las personas a su alrededor, a veces muchas, a veces de personas en cierto modo indeseables, o de quienes no se esperaba que volvieran a estar en la vida de uno. Quizá un retiro lento, casi desapercibido, sea preferible, por las mismas razones.
4. Valore la posibilidad de emprender una nueva vida. Pero de inicio así, casi sólo como un experimento mental. De ese modo puede ser más sencillo discernir hasta qué punto sería factible un cambio radical. La verdad es que lo más probable es que su vida mantenga un alto grado de continuidad en muchos aspectos. Pero también es muy probable que otros pueda cambiarlos, algunos de importancia y de alto impacto. cambie. O al menos comience a preguntarse: “¿Qué pasaría si…?”
5. Desoiga las promesas fáciles e inmediatos y en general todo aquel consejo que venga acompañado de un aire de superficialidad. Usted no se curará con tisanas, baños relajantes, meditaciones guiadas y ni siquiera con los medicamentos que yo o cualquier otro le pueda recetar. La cura viene por otros otros lados y por otros medios. Yo estoy sentado aquí, fingiendo que la conozco, y a usted y a su enfermedad. Y y usted está frente a mí suponiendo lo mismo. Y aunque tal vez yo mismo me sentiría aliviado si admitiera que ignoro qué lo curará a usted, la verdad es que no puedo. Por otro lado, ¿qué ganaría usted con semejante confesión de mi parte? Lo más seguro es que se iría de aquí en busca de otro médico que satisficiera esta necesidad suya y yo únicamente me quedaría con mi desprestigio y quién sabe si cierta decepción. Así que bueno, si puede, desoiga esas indicaciones. La cura para lo que tiene se encuentra en usted mismo, pero la pequeña tragedia aquí es que usted no se da cuenta de ello. Por eso está aquí, creyendo lo que digo.
6. Salga, brinque, muévase, espere, desespere, cuente ovejas, ábrales el corral, deje que escapen, mire cómo algunas caminarán lejos y otras permanecerán en las cercanías, duerma, despierte, desvélese, sea disciplinado, pruebe, rechace, vuelva a probar, vuelva a desencantarse, lea, escuche, imponga, desande ciertos caminos, abra otros, dése cuenta de la vanidad e insuficiencia de la inmensa mayoría de los esfuerzos humanos, pero de cualquier manera enorgullézcase de esos pequeños hechos que a su manera y para usted son logros y aun triunfos, abjure de eso, maldiga la especie, sorpréndase del extrañísimo misterio de la existencia (al mismo tiempo asombroso y superfluo), alce la vista para mirar las estrellas, toque cuanto árbol encuentre en su camino, sude, bálese, beba, mire, escriba, pasee, bese, huela, sienta, hágase el tonto, hágase el vivo, finja inteligencia, demuestre ingenio, ría, llore, duélase, camine con el dolor, suelte el dolor, extrañe, arrepiéntase, sostenga su punto, sacúdase la modorra, sea perezoso, sea iracundo, sea amargado, sea…
—¿Doctor?
El médico había escuchado la voz que lo llamaba pero no cerca de él, sino distante, difusa, desde un punto de origen difícil de precisar, un poco como esas voces opacas de las personas que nos hablan en sueños. Con la misma inercia con la que había estado hablando durante los últimos dos, tres minutos, respondió:
–Sí, disculpe, me distraje por un momento. No sé en qué estaba pensando. Sí, las medicinas de la receta las encuentra todas aquí en la farmacia del hospital. Si no tienen alguna, me llama o me escribe y con todo gusto se la cambiamos. Al contrario, gracias a usted. Ya ve cómo con esto se va a sentir mejor. Nos vemos en quince días. Sí, a la salida paga. Hasta luego.
Deja un comentario