Este fin de semana escuché a mi analista decir que las personas que hemos ido a análisis o que de alguna manera hemos dado un lugar al inconsciente en nuestra vida somos “bichos raros”. Ella lo decía no tanto por ufanarse de esa extravagancia sino más bien por únicamente señalarla, hacerla ver.
Por lo que he vivido, pienso que, en efecto, no es común encontrar a personas que estén advertidas de los procesos inconscientes que las hacen pensar y actuar de cierta manera, responder más o menos de la misma forma ante una situación parecida, que las llevan a procrastinar, a enfermarse, a angustiarse. Lo común, en mi experiencia, es lo contrario: que las personas vivan creyendo que “la vida es así», que las cosas “pasan por algo”, que eso es lo que les toca, etc., como si mucho de la existencia estuviera no sólo definido (aunque en buena medida sí), pero sobre todo como si no existieran alternativas y opciones al respecto de lo que a uno como sujeto le tocó en suerte, por decirlo así. Ahora pienso que un cierto margen de elección sí se desprende de la elaboración del inconsciente que puede llegar a hacerse en un proceso de psicoanálisis.
Hace rato que escribí una primera aproximación a esta idea recordé que hubo una época de mi vida en que pensaba que el psicoanálisis no era el único recurso disponible para ir resolviendo las cosas de la vida. También influido por mi analista (pienso ahora), sostenía que había personas que podían encontrar en el deporte, en el arte, en el trabajo, en su familia o en cualquier otra actividad, figura o disciplina ese sostén necesario para ir bregando por este mar que llamamos existencia.
Desde cierta perspectiva todavía pienso esto, aunque quizá no como antes. Pienso, sí, que en la vida ese sostén se encuentra y en distintos momentos pude haber algo que sea incluso el madero último en medio de un naufragio. Ahora recuerdo el caso de una compañera de facultad que aseguraba que a ella la universidad le había salvado la vida, porque durante un periodo especialmente adverso para ella, el campus, las clases, las bibliotecas, los amigos y demás fueron para ella una mejor casa que la familiar.
Sin embargo, que la vida se pueda ir resolviendo a través de algo que la sostiene y pasar por un trabajo de psicoanálisis son dos fenómenos o situaciones de distinto registro, no equiparables.
Sin complicarme mucho, creo que sólo atinaré a decir que la especificidad del psicoanálisis se encuentra en que hasta donde sé y entiendo, éste es el único medio a través del cual es posible elaborar una parte del inconsciente que constituye al sujeto.
Por supuesto es posible encontrarse con otros recursos que acercan al inconsciente, que quizá ofrecen un atisbo, una pista o una “probadita” de éste: entre otros, ciertos sueños, ciertas sustancias psicoactivas, alguna plática con un amigo, ciertas lecturas y aun ciertas experiencias de vida que pueden ser una especie de confrontación directa con los efectos del inconsciente en la realidad (lapsus, accidentes, enfermedades psicosomáticas, etc.), pero en última instancias esas experiencias son episódicas, esporádicas y sobre todo superficiales.
El trabajo sostenido del psicoanálisis conduce en cambio a una elaboración del inconsciente más “acabada” o “coherente”, una especie de trabajo de hilado en donde cada hebra que surge va reuniéndose en un tejido que eventualmente toma determinada forma. Incompleta siempre, contradictoria, difícil de aprehender, pero en todo caso visible.
Pienso que esa sería la singularidad de un proceso de psicoanálisis. Su singularidad y su rareza.
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