[ese mirador desde donde tú ves el mundo] (S12)

Recibo tu mirada como el ovillo que me guiará por este laberinto en el que voluntariamente me adentro. Comienzo por mirar tus ojos. Por momentos de frente, por momentos de perfil. Los miro y los aprecio. Miro su contorno, su color, la expresividad peculiar que tienen o que les atribuyo. Los tomo por sí mismos, como si nada más que ellos fueran suficientes para encontrar ahí un mensaje diáfano, directo y sin embargo moldeado en un código único, imposible, no hecho de palabras ni vocablos, sino de un lenguaje de luces, resplandores y movimientos apenas perceptibles. Miro tus ojos y comienzo a caminar por tu mirada. Exploro sus pasadizos, sus corredores, pasillos de altas paredes que desembocan de pronto en patios inesperados donde el cielo y la noche tienen reservados a la vez un observatorio y un refugio, un lugar para admirarlos y para que ellos mismos reposen. Por momentos, yo también quisiera quedarme a descansar en tu mirada, no importa que ésta sea un laberinto. Pero tu mirada es inquieta. Son tantas las formas que adopta y tantos los paisajes que se adivinan en su horizonte, que se siente difícil permanecer mucho en un solo lugar. Aquello que creí una frontera infranqueable en el edificio de tus ojos, se convierte de súbito en una cerca dócil que se traspasa de un solo salto. Y viceversa. Ciertos parajes que en lontananza se adivinaban plácidos, in situ se revelan ásperos y accidentados. Quizá también por eso continúo. Quizá no quiero encontrar la salida. Quiero seguir aun cuando me he dado cuenta de que con las manos puestas en este hilo que he tomado de ti, el único destino que por ahora distingo es la confusión. Me sorprenderé y me admiraré de lo que encuentre, sin duda, pero sé que por encima de todo terminaré perdida, desubicada, sacada de mí. La curiosidad me empuja. Lo que quiero es seguir este hilo hasta llegar a ese mirador desde donde tú ves el mundo.

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