Pienso mucho en ti, aunque sé que no debería. En mi mente, con cierta frecuencia tengo conversaciones contigo. O mejor dicho, pienso en que te platico tal o cual cosa e imagino una respuesta tuya, tus palabras, tu sonrisa, ese levantar de cabeza tuyo que viene acompañado de una mirada fija sobre mí al dirigir una duda concreta, y esa manera de rematar la pregunta con un “¿o no, Andrea?”. Imagino que te gusta lo que te digo, que te hace pensar en otras cosas, que te hace recordar y revenir con alguna agudeza, un comentario, una sonrisa, un gesto confuso, admirado o curioso. Pienso mucho en ti. En los lugares nuevos a los que acudo busco lo que pudiera haber ahí para justificar que los recorriéramos juntos, y en los conocidos no puedo sino recordar cuando estuve ahí contigo. Pienso también en ti cuando paso por otros sitios que aunque no son ni de lejos los míos, una parte mía supone por alguna razón que ahora forman parte de tu vida diaria, que acaso es el tipo de lugar que frecuentas actualmente. Y me da miedo cruzarme contigo. Me da miedo encontrarnos en alguno de esos lugares nuevos siendo ya alguien más cada uno, al menos en algunos aspectos, ya tan diferentes que si nos encontramos ahí, sin ser ese un lugar mío y siendo uno nuevo tuyo, es porque ya cada cual está en otras cosas. Aunque si es así, ¿cuál sería la probabilidad de encontrarnos? Pienso mucho en ti, aunque sé que no debería. ¿Por qué hacerlo, me digo, si a mí todo me parece indicar que te soy indiferente o al menos no tan importante como yo quisiera?
Deja un comentario