[ARTÍFICE] / Fragmento de una fantasía policial onírica / (S11)

¿Qué puede llevar a toda una sociedad a ofrecer voluntariamente sus sueños a un Sistema? Quien pensó en el Sistema, redujo las causas a dos: el miedo y la expectativa de una ganancia. “Como en un juego”, pensó Artífice cuando la idea se gestaba apenas. 

Pero además, ¿para qué hacerlo? Artífice creía desde hacía mucho que los sueños constituían uno de los últimos territorios sin conquistar de lo humano. Un territorio rico y sin embargo desperdiciado. Cada vez que sabía del sueño de otro, leía sobre el tema o soñaba él mismo, Artífice notaba con una codicia siempre creciente la riqueza potencial de esas fantasías y narraciones. La primera vez que sintió la necesidad de hacer algo con ello, fue una vez que un amigo le contó un sueño que tuvo y en el cual la solución al problema sentimental que por entonces lo inquietaba aparecía obvia –a ojos de Artífice, claro. Sin embargo, su amigo no lo veía así. Aunque al contarlo de Artífice sí coligió dos o tres significados de cierta relevancia, pasó de largo por lo más importante del sueño. Artífice no podía creerlo. No tanto la ingenuidad o simpleza de su amigo, sino más bien la ceguera general al respecto, el hecho de tener tan a la mano y con mucha frecuencia la solución a un problema y, pese a todo, no verla y por lo tanto no tomarla. “Si tan sólo la gente pusiera más atención a sus sueños”, pensaba Artífice por esos días, insistentemente, en especial cuando salía a la calle a caminar y miraba las cuantiosas multitudes que aun con ir absortas en sus pensamientos, diríase que no pensaban en serio, o lo hacían sólo maquinalmente, como una rueca transformada en máquina de movimiento perpetuo que no puede nunca dejar de hilar, aunque las hebras se acumulen una sobre otra en el piso sin que nadie acuda a recogerlas u ordenarlas.

Un segundo momento crucial para Artífice fue en medio de una temporada de sueños especialmente vívidos. Casi todas las noches tenía sueños que lo despertaban en plena madrugada, pesadillas de las que no podía salir, sueños acompañados de sensaciones como descargas eléctricas o presión en sus miembros que él nunca supo decir si fueron reales o imaginarias, otros en donde se daba cuenta que soñaba y entonces adquiría cierto control sobre el desarrollo del sueño. Fue esa una temporada variopinta, pues aunque varios de esos sueños le prodigaron noches y madrugadas que no quisiera repetir, por otro lado adquirió una conciencia sobre sus sueños que quizá no hubiera obtenido de otra manera. Dos o tres pesadillas por una pieza de conocimiento de sí que sus sueños comenzaron a mostrarle, le pareció a Artífice un buen intercambio. A partir de ello, Artífice inició un diccionario personal de sueños. Entonces no lo llamó así y la idea original tampoco estaba así de definida, pero con el tiempo y el trabajo realizado se dio cuenta de que se convirtió en eso. Artífice empezó por anotar, apenas despierto, lo que recordaba de sus sueños. Al principio se lo tomaba con premura e incluso llegó a dejar una libreta y un lápiz en la mesa al lado de su cama y algunas noches a un costado de la almohada, donde su mano los pudiera alcanzar con facilidad. Poco a poco, conforme la práctica le dio algunas habilidades especiales para esa tarea, se dio cuenta de que era capaz de aplazar la urgencia si pasaba un momento repasando mentalmente lo que había soñado. Aunque siempre prefirió escribir el sueño inmediatamente después de despertar, con el tiempo pudo hacerlo varias horas después, por la noche antes de dormir y en ocasiones aun uno o dos días después, de tan fortalecida que estaba su memoria para ello. En algún momento, Artífice comenzó a leer también lo que llevaba escrito. El sueño que recién había referido, pero después también el corpus acumulado. Fue así como empezó a notar la repetición de ciertas personas, situaciones y objetos. También las variantes con que éstas se presentaban. Tuvo entonces la idea del diccionario. Y casi inmediatamente, la de algún tipo de máquina o sistema que apenas pusiera el punto final a la relación del sueño de ese día, le arrojara una propuesta de interpretación, el significado de su sueño. Aunque bastante descreído y fundamentalmente materialista, la cercanía constante con sus sueños dio a Artífice la única certeza que consideraba irrefutable para sí mismo, la realidad y el mundo: que en los sueños hay siempre una verdad que clama por dejar su prisión de fantasías.

*

Un día, Artífice se dio cuenta de que conocía muchos sueños de muchas personas. Empezó a notar que muchas personas que formaban parte de su vida diaria –amigos, colegas de trabajo, conocidos, trabajadores en ciertos lugares que frecuentaba, las dos o tres parejas que tuvo en esos años– le habían contado al menos un sueño. En ese momento no recordó cómo se había creado esa recurrencia, si fue él quien preguntó a los otros por sus sueños, si ellos lo habían contado de pronto inopinadamente (“¿Pero por qué alguien haría algo así?”, pensó Artífice), o si quizá había sido él quien al hablar de cuando en cuando de sus sueños en los encuentros con estas personas (con algunas más que otras), había creado en ellas la impresión de confianza suficiente para que le pagaran con esa misma moneda. Esto último le pareció a Artífice más coherente. Además, esa conclusión le hizo ver dos aspectos que le parecieron importantes: la ligereza suya y de los otros para contar sus sueños y, sobre todo, la necesidad que parecían tener ciertas personas por hablar de ese mundo extraño, incomprensible y atractivo que develaba su umbral cada noche. Aun cuando de inicio le sorprendió la facilidad con que ciertas personas podían desprenderse de un fragmento tan íntimo y tan propio de su mundo más interior, su atención se condujo pronto a esa necesidad por hablar de sus sueños que los otros parecían demostrar y a la cual se daba salida con un estímulo relativamente mínimo –aunque bien apuntado.

Las ideas e inquietudes que había tenido Artífice hasta entonces reaccionaron de pronto con ésta. ¿Y si todos tuvieran un espacio para contar sus sueños? A Artífice le pareció que valía la pena seguir esa pregunta, explorarla, ver adónde lo hacía llegar.

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