Un lugar para la tristeza (S10)

Pienso, pero quizá me equivoco, que en nuestra época y desde hace varios años ya no hay mucho lugar para la tristeza. Aunque todos en algún momento estamos tristes, no es evidente qué hacer con eso, dónde colocarlo, hacia dónde dirigirlo. La tristeza, por otro lado, es quizá una de las emociones más complejas, tan enraizada como está en la formación profunda del sujeto. Y no es que otras no. No es que romantice o simplifique la cuestión, es sólo que otras emociones, o por lo menos las que están del lado más “luminoso” del espectro, por así decirlo, son poco o nada problemáticas. Se está feliz y punto, por ejemplo. En medio de la felicidad no parece haber una inquietud urgente e imperiosa de preguntarse por qué o qué hacer al respecto. Alguien (¿quizá Borges?) o muchos han dicho que la felicidad es un fin en sí mismo, que se consuma en sí misma, precisamente por ese rasgo de autosuficiencia que le es propio, como la rosa de Silesius, que sin porqué florece.

No así otras emociones como la tristeza, el enojo, el pesar o cualquier otra situada en las antípodas. Se está triste o enojado o apesadumbrado y pienso que es muy común sentir el impulso de preguntarse ¿por qué?, ¿y ahora qué hago con esto?, y aun: ¿cómo salgo de esto? Porque dicho muy freudianamente, la tristeza viene acompañada de una necesidad de salir de esa situación de displacer tan pronto como sea posible. Estar triste puede ser incómodo, subjetiva y socialmente. Al menos en principio. También es cierto que los meandros de la psique son más complejos y, como es sabido, en algunos el malestar se vuelve satisfacción y una parte del sujeto goza con estar mal y de malas.

Quién sabe si parte de esa dificultad y complejidad se explique por la falta de espacio para estar triste. ¿Dónde se puede estar triste, después de todo? Usualmente, en la soledad de la habitación. ¿Pero dónde más? Una tarde que salí a caminar, di por ese rumbo en el que andaba con una iglesia que conocía y que me gusta por sus ojivas neogóticas, y a la cual no entraba desde hacía varios años. Casi por instinto crucé sus puertas y me senté en una banca al fondo de la nave principal. Estando ya triste, apenas me sentí cómodo, aislado y de cierta manera protegido, me solté a llorar. Y casi de inmediato pensé que ahí no habría ningún problema, nadie me vería con excesiva extrañeza ni se acercaría a preguntar si necesitaba ayuda, podía no avergonzarme ni dar ninguna explicación. En una palabra, llorar al interior de una iglesia me pareció permitido. Aun cuando personalmente creo que nunca me he cruzado con esa escena, mi propio imaginario me hizo creer que ahí dentro tendría un salvoconducto “inmediato” frente a quienquiera que me viera llorar. En una iglesia es fácil suponer que cualquiera en actitud doliente seguramente lo está por el fallecimiento de una persona querida, por estar enferma ella misma o un próximo, desesperada, o por cualquier otra pena de las que abundan en el imaginario católico, la mayoría de ellas concretas y bien delimitadas. (Quizá por eso las religiones son tan seductoras: porque ofrecen respuestas a la mano a casi cualquier aspecto de la condición humana.) Ahí dentro es fácil explicar el llanto inconsolable de una persona. ¿Pero afuera?

Afuera es otra cosa. Y vuelvo a mi idea principal. Afuera no parece haber muchas opciones que reciban “de buen grado” ese sentirse triste. ¿La cantina o un bar? Tal vez. ¿El cine? La oscuridad del recinto puede ser favorable para la tristeza, aunque habría que elegir una película en un estado anímico similar para no desentonar ni con la trama ni con la audiencia, y tener así una coartada en caso de que las lágrimas asomen por un motivo totalmente distinto al de la situación en la pantalla. Y en otro sentido, tomando la noción de “lugar” desde otras perspectivas, también están los amigos, la pareja, el consultorio del psicoanalista, en algunos casos la mesa familiar, el oído de alguien a quien se quiere o en quien se confía. Y sin embargo… ¿cuáles de esos lugares están dispuestos o preparados para la tristeza? El consultorio quizá sea el único de ellos. Los demás la pueden recibir momentánea y parcialmente, pero casi nunca de manera sostenida, y creo que pocas veces con una especie de “preparación” de por medio. De hecho, me doy cuenta ahora, darle lugar a la tristeza de una persona es una suma de rasgos o habilidades que corren por un camino diferente al de la confianza o el afecto. Una persona puede querer mucho a otra y sin embargo no saber qué hacer con la tristeza que atestigua y se le comunica (para sorpresa y dolor del sufriente y de sus expectativas, quizá quepa añadir), cómo manejarla, cómo reaccionar o responder de una manera “satisfactoria” para el sujeto (¿compasiva?, ¿empática?, ¿atenta?, ¿cómo saber qué espera ese sujeto frente a su tristeza?).

¿Entonces el único lugar en nuestra época para la tristeza es el consultorio del analista? La verdad es que no. El consultorio, en todo caso, es vector de algo más.

Tomando la premisa de que el trabajo del consultorio tiene como propósito casi por regla general la responsabilidad propia, “hacerse cargo” de uno mismo, pienso ahora en dos lugares posibles y en algún grado “garantizados” para la tristeza, en esta o en cualquier época, uno que es único y otro que es múltiple. 

El lugar único es el Yo cuando se ha desarrollado un yo responsable y lo suficientemente autónomo como para atender la tristeza propia. Ese lugar es interno porque involucra la posibilidad de reconocer esa tristeza, saber de dónde proviene, qué la provoca, con qué de ese mundo interior está relacionada e incluso cómo darle un cauce hasta cierto punto satisfactorio para el sujeto (no autodestructivo). Es un lugar interno porque es en esencia un lugar de autoconocimiento. 

El otro lugar, el múltiple, podría considerarse externo porque, desde esa responsabilidad propia, la tristeza puede encontrar rumbo hacia una de varias posibilidades. Pasar de considerarla un obstáculo a algo como un “acompañamiento”. Existe entonces una tristeza “creativa”, que puede estar presente en las capacidades creadoras y productivas del sujeto. Pienso que pueda hablarse también de una tristeza “realista”, con la cual se reconoce la situación que se vive y a partir de ello se prosigue en el camino. Otro tipo de tristeza sería aquella con la cual uno se reencuentra y apapacha como a un vieja amistad. Una tristeza solitaria, no que aísle, sino que se permita “estar a solas” para simplemente ser, respirar, tener su propio espacio. En fin, las posibilidades, como digo, son múltiples, pero todas tienen el rasgo en común de ser una tristeza que se apoya más en el sí mismo que en el otro y que, como decía antes, ya no impide hacer lazo con el mundo. De ahí el carácter exterior que le atribuyo.

Quién sabe. A lo mejor hubo una época en que se podía estar triste con los otros. A lo mejor era más llevadero (para todos) y sobre todo más “natural” o sencillo. Yo pienso que ahora no es el caso. 

Pienso, pero quizá me equivoco.

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