El psicoanálisis, como el amor, una experiencia fragmentaria (S9)

Para Itzel, por el tiempo y el conocimiento

Pienso, pero no estoy del todo seguro, que en la vida no existen muchos lugares o ámbitos en los que se acepte o se reconozca que la experiencia humana es fragmentada y por lo tanto limitada. Reconocer no sólo los límites propios, sino que prácticamente todo en la realidad es limitado, además de que no es sencillo, creo que ni siquiera es común. Pienso, pero quizá me equivoco, que la cultura dominante en la que vivimos nos lleva a esperar que todo sea perfecto, liso, completo, siempre funcional, libre de errores, fallas y aun de sorpresas e incidentes inesperados. 

Entre otros rasgos, pienso que el psicoanálisis puede ser una experiencia atípica en nuestra época precisamente porque su práctica va a contracorriente de esa tendencia. En su aspecto “terapéutico”, uno de sus principales motores son de hecho las “equivocaciones” del paciente, las pequeñas y a veces pareciera que casi imperceptibles y también las garrafales.

De alguna manera, las equivocaciones tienen una relación secreta, casi subterránea, con la fragmentación que constituye al ser humano. Aunque a primera vista no parezca así, en tanto sujetos estamos hechos de piezas no tan bien unidas entre sí, o no todas ellas, sino más bien remendadas aquí y allá con costuras poco firmes, que apenas se sostienen, exageradamente reforzadas en otros casos y con piezas, además, disímiles, disparejas, algunas de las cuales ni siquiera concuerdan entre sí (si acaso esto es posible).

Quizá por eso la equivocación es inevitable en la condición humana. ¿Cómo esperar que ese algo llamado sujeto funcione tersamente si en su interior algunas de las piezas que lo integran son incompatibles, su amalgama es pobre o inconveniente e incluso las motivaciones que animan el sistema no son las “adecuadas” para las piezas que pretenden mover?

Decía que la experiencia del psicoanálisis es atípica en este sentido porque durante su proceso uno va descubriendo la singularidad de esos fragmentos, en su “identidad”, por así decirlo, en las limitaciones de cada uno e, insisto, en la disparidad que puede haber en comparación con otras piezas y con el sistema en sí.

Por otro lado, el rasgo de lo fragmentario también se presenta en la experiencia del análisis en sí misma, no sólo como experiencia de autoconocimiento, sino también como experiencia de transformación. Tiene algo de impresionante presenciar cómo después de cierto trabajo realizado dentro y fuera del consultorio, ciertos aspectos del yo, en efecto, cambian. Ciertos comportamientos, ciertas ideas, ciertas maneras de responder. Algo con lo cual se batalló mucho, de pronto es distinto. Estoy tentado a decir que “como por arte de magia”, por lo repentino que a veces puede ocurrir este cambio, pero lo cierto es que no. Esa diferencia, como decía, es efecto de la elaboración del conocimiento inconsciente realizada sobre el diván. Lo mágico, que se me permita la licencia de llamarlo así, podría estar en el hecho de que dicho efecto tampoco es lineal, sino que con cierta frecuencia ocurre como por carambola. Resulta que está uno hablando del perro y, por alguna extraña conexión, eso destraba después una situación laboral. Por esto veo también lo fragmentario en la experiencia transformadora del análisis: porque los fragmentos del yo que se exponen en el consultorio se re-arreglan también fragmentariamente durante dicho trabajo.

Hace un par de días, cuando comencé a pergeñar este texto, una de las primeras frases que escribí fue esta: “Yo por lo menos no conozco una experiencia que pueda semejarse en esto al psicoanálisis”. Me parece que incluso la pensé como frase inicial. Sin embargo, desistí de ello porque casi de inmediato, pensando, me di cuenta de que sí existe al menos una experiencia comparable al respecto del caracter fragmentario del que estoy hablando. Y esta es la experiencia de conocer una persona. Conocer en serio, por así decirlo. No sólo en un primer contacto o durante un tiempo corto. Conocerla con la intención real de conocerla, con perdón de la redundancia.

Conocer a una persona toma tiempo, esfuerzo, trabajo. Es un proceso, además, imposible de completar (y qué bueno que sea así). Las sorpresas abundan y la verdad es que muy pocas veces se alcanzan a distinguir y siquiera a atisbar los fragmentos de los que está hecha. Algunos emergen evidentes a veces, como pedazos de hielo desprendidos súbitamente en el océano de la subjetividad. Otros, más discretos, se dejan ver apenas en detalles para los que se podría pensar que es necesaria una percepción atenta o afinada para apreciarlos, aunque la verdad es que no siempre; como sucede en la bioquímica o en ciertos fenómenos físicos, pienso ahora que eso para algunos inadvertido salta a la vista para otros porque se cuenta con determinados receptores que reaccionan a determinados rasgos. En fin, sea como fuere, lo único que quiero señalar es que la experiencia fragmentada del psicoanálisis tiene un parangón con la experiencia –fragmentada por definición– de conocer a una persona en los términos que señalo.

Como Simone Weil, pienso, sí, que la atención es una de las formas del amor, no tengo duda de ello, sólo agrego ahora que esa atención, ese amor, no se da en el vacío ni de una forma plena, total. Prodigamos atención y amor quién sabe si sólo a aquellos fragmentos de la vida, el mundo y realidad que nuestra limitada y pobre perspectiva humana nos alcanza para ver y notar.

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