El agua corre por tu cuerpo como cualquier otro día de los que te bañas más o menos siempre a la misma hora. Es temprano pero ya desde este momento piensas en todo aquello que te acompañará por el resto del día. Jorge, el trabajo, los pendientes. Cada uno se cuela a tu mente pero en su versión más mínima. Como ideas apenas en gestación. Renacuajos informes que se agitan en la pleamar de tu pensamiento. De alguna manera, el estado caótico de éste es más imponente. Es temprano y las ideas, las sensaciones, las emociones van y vienen, se suceden, se enciman uno sobre otra y viceversa. Son un rumor persistente que piensas que no te molesta porque más bien te has habituado a él. Excepto bajo la regadera. Algo ocurre cuando el agua comienza a tocar tu piel y recorrerla que las voces se acallan, se quedan quietas, expectantes. Como si pasaran de ser actores y actrices al auditorio atento que ante el espectáculo se mantiene en suspenso. El agua que choca contra las losetas del piso y los azulejos de las paredes; la sensación de calor que proviene tanto del agua misma como del vapor que ésta genera por su temperatura; los hilos que pasan por tus labios y tu boca entreabierta dejando al interior un pequeño depósito, una charca donde pones a nadar los últimos pensamientos que tienes. Tacto contra tacto. El agua y tu piel entran en conocimiento mutuo como si este fuera el primer baño de la historia; como si nunca esta gota precisa, o esta otra, hubieran tocado esta parcela de tu cuerpo, o esa otra. Hoy eres inédita para cada una de las gotas que llegan a tu piel. Las aguas del mar Egeo abrazando el pie de Europa; el baño de Diana en las pozas del monte Citerón; la leche cayendo por la espalda y los hombros de Cleopatra… a esa estirpe se suma hoy tu ducha matutina, este paréntesis que se abre cada vez que giras el grifo y sin saber muy bien por qué ni sentir la necesidad de entenderlo, el agua y tú entran en una comunión especial, irrepetible por otros medios. Esta mañana además, el agua es sucedáneo del cuerpo que ansías. El cuerpo que quisieras tener tocándote, conociéndote. Tu pensamiento se transforma en memoria y ciertos recuerdos comienzan una danza peculiar que acompaña la caída de la regadera. No como el flujo continuo de ésta, sino más bien como las niñas que saltando a la cuerda calculan cuándo entrar y, sin darse cuenta ni planearlo, terminan por establecer un ritmo en un juego que al inicio se presagiaba caótico. Algunas imágenes llegan así, entre las volutas de vapor y el recorrido suave del agua sobre tu piel. Una noche caminando con Jorge por el parque de tu antiguo vecindario pero cifrada en fragmentos: el cascabeleo del tezontle con cada pisada que daban, la tibieza de su mano contra la tuya fría, las risas de ambos resonando en medio de la quietud. O aquella otra en que, los dos un poco borrachos, dejaste que te tomara de la cintura so pretexto de cruzar una calle. La vez que fueron a bailar. El día que casi se plantan un beso. Andrea sonríe y su sonrisa es la única síntesis visible de la confusión de emociones y sensaciones que sus recuerdos le han provocado. Como los hilos de agua que cruzan por su cuerpo, en su interior la felicidad y la nostalgia se entretejen con el deseo y la necesidad. Cierto impulso clama por salir y al mismo tiempo la delicada presión del agua cayendo sobre su cuerpo contiene de alguna manera ese empuje interno. Dos fuerzas que sin ser idénticas se compensan y se neutralizan. Al menos de momento. La física desigual del deseo en contra del mundo y la realidad.
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