¿Qué podría significar la idea de “aprovechar la energía del eclipse”? (S6)

Para nadie es un secreto que, después de todo, los fenómenos celestes provocan algún efecto tanto en el ser humano como en las sociedades humanas. De diversa índole. Psicológico, emocional, ideológico. Hay más de un afluente del proceso civilizatorio que por muchos siglos ha nutrido esa posibilidad. De alguna manera las estrellas siempre han acompañado al ser humano en su existencia en este mundo. Al estudio y conocimiento de su naturaleza en sí misma, se suma el estudio sobre ese estudio, es decir, la perspectiva singular con que en distintas épocas se ha recibido e interpretado el conocimiento heredado de épocas pasadas sobre los astros. Dicho de otra manera, aunque las estrellas que hoy miramos son las mismas que ya miraban los sumerios o los pobladores del valle del Indo, nuestra mirada actual es sin embargo distinta, como si nuestros ojos fueran otros, porque otras son las ideas y pensamientos que cruzan por nuestra cabeza al voltear a ver el cielo nocturno.

Esa premisa apunta a un factor fundamental del comportamiento humano: la trama cultural que nos atraviesa y nos moldea, a la que pertenecemos hasta cierto punto sin posibilidad de salir y que incluso es en varios aspectos un punto ciego de nuestro pensamiento. Pensamos lo que pensamos en algunos casos sin posibilidad de al menos imaginar si podríamos pensar de otra manera. Miramos el cielo y en vez de encontrar en las estrellas una pelea brutal entre héroes y criaturas monstruosas, se nos ofrece un vasto e inconmensurable lienzo oscuro salpicado aquí y allá de puntos brillantes, que sabemos alejados de nosotros a una distancia que ni siquiera podemos comprender, flotando en el vacío infinito del cosmos. Seguramente hay otras posibilidades, pero cabría proponer esa como la tesitura general del pensamiento moderno, entregado de lleno a la crudeza del método racional, confiado o necesitado de evidencia palpable y por ende despojado de cualquier otro tipo de fantaseo.

Y sin embargo…

Sin embargo, ante fenómenos un tanto más impresionantes, el ser humano todavía se sobrecoge. Por más que lo “entienda” o se explique, la dimensión cósmica del suceso se impone y de alguna manera recuerda al ser humano su lugar ínfimo y más bien trivial dentro de aquello que alguna vez se consideró la armonía del universo.

Y quizá no podría ser de otra manera. Un eclipse, por ejemplo, no ocurre todos los días, y si fuera así perdería sin duda todo su atractivo, su majestuosidad. 

Quizá por ello, pese a todo el empuje del racionalismo, un eclipse nos impresiona y puede despertar sensaciones más bien irracionales. Pensamientos de temor o de duda, la expectativa de que algo funesto podría pasar, la sensación poco precisa pero persistente de una cierta incomodidad, etc. En cualquier caso, un estado generalizado de sorpresa, extrañeza, admiración.

Cuando se habla, todavía en nuestra época, de “aprovechar la energía del eclipse”, esta frase podría tomarse en un sentido diferente con el que suele escucharse. No suponiendo que los astros tienen una influencia metafísica en lo humano, pero sí aceptando que tienen un tipo de efecto. Por ejemplo, bajo ciertas condiciones, situar a miles o aun millones de personas en un tren de pensamiento similar, dirigidas a un mismo objeto, con motivaciones compartidas e incluso en un estado anímico semejante. 

¿Se podría entonces “aprovechar la energía del eclipse” en ese sentido? Si ya miles o millones de personas están enfocadas en algo en particular, con ideas y emociones semejantes entre uno y otro, ¿sería posible reconducir esa coincidencia hacia otra cosa?

Aunque de otro orden, es posible hacer notar que una afinidad colectiva parecida ha sido uno de los precedentes necesarios de protestas, revueltas, revoluciones y otros cambios sociales de ese tipo.

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