Cuando se ha dicho que el arte ha orbitado desde siempre en torno a un puñado de temas, pienso ahora que esto se debe a que son pocas las experiencias de la vida que por su propia naturaleza intensa, singular, incompresible incluso, claman por expresarse. Es un poco como si, al vivirlas, sintiéramos la necesidad urgente e inaplazable de hablar de ello.
Una es fuera de toda duda el amor, en todas sus etapas y manifestaciones, del enamoramiento a la ruptura y el duelo. También el amor cuando se inviste en otros objetos además de las relaciones de pareja (éstas también en sus múltiples manifestaciones), por ejemplo, el amor por un hijo, el amor colocado en el trabajo o en un propósito personal y a veces hasta en ideas como la pertenencia a un país o los ideales políticos.
Pareciera que el amor busca desesperadamente mostrarse y presumirse. De ahí esa imagen recurrente en la lírica sobre el amor como algo que “no cabe en el pecho”. O, en el otro extremo, la idea de Roland Barthes, en sus Fragmentos de un discurso amoroso, de que al llorar de amor uno en realidad no llora para sí mismo, sino para otro. “Las lágrimas son signos, no expresión. A través de mis lágrimas cuento una historia, produzco el mito de mi dolor”, escribió el semiólogo. Sea en su momento de mayor alegría o de máximo pesar, el amor quiere darse a notar, quiere ser reconocido y que el exterior tome constancia de que está ocurriendo.
Una forma contemporánea de dicha necesidad son las canciones de amor y, más específicamente, las canciones de géneros de consumo masivo, del pop al reguetón, los corridos tumbados y la banda, subestimados en ocasiones o desde ciertas perspectivas pero, precisamente por la cantidad desmesurada de personas que las escuchan, con un profundo impacto en la cultura y prácticas de nuestra época. La producción y consumo de esas canciones no puede considerarse un fenómeno menor o desdeñable porque, junto con otras expresiones de la cultura de masas como las telenovelas, ciertas series de streaming e incluso cierto tipo de contenidos de plataformas como Instagram o TikTok, las canciones de amor son un componente de peso en la “educación sentimental” de millones de personas.
Mi interés sin embargo está en otro aspecto. Aun cuando muchas o la mayoría de estas canciones están escritas y musicalizadas para lograr el cometido de ser escuchadas masivamente (y dejando para otro momento el comentario sobre esa “industria” o mercantilización del amor), pienso que a veces se pasa por el alto el hecho de que cada una de ellas tiene como origen una experiencia subjetiva y, como tal, al menos en principio cada una también es expresión de esa subjetividad.
En otras palabras, en cada una de esas canciones asistimos a la exposición del fragmento o fragmentos de una historia de amor que alguien vivió, lo cual me parece en sí mismo fascinante: que el amor–o sus sucedáneos– provoque la creación de decenas o cientos de canciones al mes en todo el mundo, en la mayoría de los idiomas.
Un canción de amor puede mirarse así como un fenómeno complejo en el que se articulan al menos la siguientes piezas:
- Una “historia de amor”
- La transformación de dicha experiencia (subjetiva e íntima) en una metáfora, en este caso, una composición musical
- El medio social y cultural que ofrece las condiciones de posibilidad tanto para la experiencia de amor, como para la transformación de ésta en una metáfora
- La recepción de la canción
- El efecto que puede generar la canción en el medio en el que surgió (que puede oscilar entre dos extremos: la reproducción o la intención emancipadora)
La canción de amor reproduce y reinterpreta las estructuras y prácticas sociales y culturales en las cuales la experiencia amorosa es posible actualmente, resignificadas subjetivamente, expresadas en palabras y melodías y en relación con el medio del cual surgen. Dicho al margen, esto último explica las “variaciones” del tema entre género y género: aunque todas las canciones hablen de amor, cada una lo hace bajo sus propias reglas y sus propias formas, de las alusiones explícitas del acto sexual del reguetón, al amor soft y meloso del pop, del despecho agresivo de ciertas canciones de banda, al vocabulario “cortavenas” que algunos eligen para expresar su mal de amores.
En ese sentido, si bien las canciones de amor llevan consigo un cierto grado de la intimidad de alguien, en ese “producto” llamado canción ésta ya es una metáfora y por lo tanto otra cosa.
Si las obras en torno al amor trascienden es justamente por su carácter metafórico, en oposición a la metonimia en la que incurrimos tantos al sólo “contar” nuestras venturas o desventuras amorosas entre amigos, psicoterapeutas o a nosotros mismos en esos momentos de soledad y sufrimiento neurótico y continuar así dentro del mismo circuito de significantes que conocemos (dentro de un mismo modo de contar la historia) y entonces no pasar a otra cosa y no producir algo diferente.
Deja un comentario