Notas al margen: Psicoanálisis (S3)

Algunas veces, pocas, he fantaseado con tomar notas de mis sesiones de psicoanálisis. Me veo saliendo de cada sesión para en mi coche, o sentado en la banqueta a las afueras del consultorio adonde acudo, o en la mesa de un café más tarde y con mayor calma, quizá incluso ya por la noche en mi casa, cuaderno y lápiz en en mano, escribir al respecto. Me he imaginado rememorando lo que dije yo, lo que respondió mi analista, sus observaciones, mis insights, los hallazgos, lo que pasó durante la sesión, cómo me sentí, lo que me dejó pensando al terminar, las incidencias. Escribiendo un reporte, pues, lo cual en última instancia es poco cercano a los cometidos o propósitos o naturaleza del psicoanálisis.

Lo cierto es que nunca lo he hecho. Aun cuando las sesiones duran relativamente pocos minutos (incluso las más extensas, que en mi caso han superado apenas los tres cuartos de hora), me parece que se puede decir sin exagerar que uno es diferente antes y después de cada sesión. Algo así como que uno es alguien al entrar y otro diferente al salir. Diferente en partes, fragmentos, algunas parcelas del ser. En todo caso, una diferencia suficiente para recolocar algunas de las intenciones o propósitos con los que uno había arribado.

En ese sentido, yo al menos nunca he encontrado el ánimo para ponerme a escribir inmediatamente después de la sesión. Y a veces ni siquiera muchas horas después.

Me ha detenido también la sensación de que sería un ejercicio entre ocioso e intensamente narcisista. Ocioso porque pienso que el psicoanálisis no funciona así, bajo la lógica del reporte y los resultados bien medidos o calculados. Mejor dicho: el inconsciente no funciona así. Éste opera más bien bajo su lógica singular que se presenta bajo las formas del azar, el capricho, lo impredecible, las conexiones ocultas y sin embargo reales y con efectos sobre la existencia. A veces he pensando que las sesiones de psicoanálisis son como el juego de la carambola en el billar, y que más bien los “cambios” en un “tema” (por llamar así a esas situaciones recurrentes o constantes durante ciertas temporadas del análisis) se producen no de manera directa, sino a partir del “desarreglo” de piezas aledañas pero cuya proximidad (e influencia) no habíamos notado.

Digamos como ejemplo sencillo y un poco esquematizado: resulta que un problema de pareja se “resuelve”, se entiende mejor o se le mira una arista hasta entonces inadvertida luego de hablar en sesión de una tarde pasada con unos amigos, o a partir de una situación vivida en el trabajo.

En pocas palabras, hay que dejar que el inconsciente haga lo suyo con lo que ocurre durante las sesiones. Que juegue y se divierta. Que se rompa la cabeza. Que le busque el lado.

Pretender llevar una relación –“exacta” o inexacta– de las sesiones quién sabe si sería atentar contra esa posibilidad del “azar electivo” (como lo llamó André Breton) inherente al inconsciente y del cual pienso que surgen los posibles efectos de éstas.

Deja un comentario