Con cierto ánimo sentencioso, como si quisiera legar a la posteridad un nuevo adagio celebre y memorable, pienso ahora que cada persona tiene las intrigas palaciegas que merece. Seguramente en este mismo momento hay quien conspira por el futuro del mundo o del país, o al menos de su colonia. Seguramente hay quien sus intrigas tienen que ver con apoderarse de una empresa familiar, de un puesto de alto nivel o de una herencia cuantiosa. Otros más intrigan para quedarse con la pensión del abuelo o de la madre anciana, con la manutención del hijo o con un cargo de poca monta en un negocio local. Cada cual según su universo y sus horizontes; según el palacio que le tocó habitar o el que se ha buscado.
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